viernes, 22 de julio de 2011

HELLRAISER


Hace unos años me sodomizaba en una playa melanómana de Cádiz con el “Tinto de verano” de Elvira Lindo arrojado a cara o cruz en la toalla. Creo recordar que ese mismo verano colapsé además mi serotonina con otros pliegos susceptibles de papiroflexia como “El diario de Britges Jones” y algún que otro esputo de Rosa Montero. Historias de mujeres, hembras, féminas, dóminas… o como según cada ideología mutante quiera llamarlas… Cuántos desternillantes relatos de emanci-capadas- trabajadoras que sufren con el desdén de sus machos dominantes o llamémosles también poderosos intelectuales que sufragan cenas y viajes a Harrod´s cada dos por tres. Más de lo mismo venido a menos, historias finitas, mierda. Una literatura oleaginosa que busca la identificación de sus lector@s con las hilarantes señoritas que recrean manidas escenas de Almodóvar aspirando (de aspiradora) a una vida mejor.
Nada que ver con la historia que ayer mismo me contaba mi amiga Hellraiser, dependienta de las urgencias de un hospital donde pasar un fin de semana con encanto. No entiendo cómo El País Aguilar no ha publicado aún una de sus guías asignando estrellas a los lugares que en España más frecuentamos con toda la familia unida… En fin, al grano. Mi amiga sufrió un desencuentro con su pareja “estable” hace unos años y huyó despavorida de la ciudad donde vivían juntos, abandonando trabajo -altamente remunerado-, amigos, y red social en general (peluquerías, gimnasio, pastelerías, y deportes acuáticos). Cayó de bruces después de entregar su currículum mortis en el mostrador del povidona-bristot donde trabaja ahora. Mutada en El Ermitaño de Lobsang Rampa se alimentaba de té y arroz hervido para limpiar su espíritu de malos pensamientos y convertirse en la Clara de Heidi que algún día abandonaría su sillita embriagada por el frescor de la hierba y el tonificante aire de los Alpes. Pero entonces, y sólo entonces, por arte de birlibirloque la Consejería de Sanidad Andaluza destina a su exmarido al mismo hospital y lo sienta durante dos años frente a ella en lo que ahora sueña se convierta en una sillita eléctrica. 

sábado, 9 de julio de 2011

Obsolescencia programada


Anteayer recibí una nueva dosis de morfina, indolora. Hoy me derramo, como el plato de una planta regada en exceso, y tengo la sensación de pesar dos veces mi propio peso. Mi psicomotricidad es la de un gigantesco manatí con pequeñas perdidas de conciencia. Si te atreves a mirarme descubres que no sonrío, y que soy capaz de hablar con fluidez, aunque de nada importante.
Recuerdo que anoche me quedé dormido viendo la televisión, una película documental de dos horas de la que sólo pude ver la mitad, o incluso menos. Despertó mi atención el que hablasen de la “Obsolescencia programada”, un siniestro planning internacional articulado por Phoebus (que aún existe con otro nombre impreciso), consistente en producir artículos de consumo -una bombilla como ejemplo- de forma que su vida útil esté programada para su autodestrucción en el menor tiempo posible, obligando al consumidor a adquirir un nuevo producto con el fin de generar industria y reactivar la economía. Esta dinámica surge tras el krack del 29, se mantiene hasta nuestros días, y sostiene el sistema de consumo. Pude ver las primeras imágenes de mi vida de Edison, describiendo su invento (exento de caducidad) y cómo a continuación se emitían las imágenes de un pueblo americano donde celebraban con todos los honores la vida útil de una bombilla fabricada antes de la conspiración de Phoebus que permanece encendida desde hace 100 años en el recinto de un cuerpo de bomberos. No recuerdo más, sólo que me dormí indignado.
Hace unos días estuve en Berlín. No conocía la ciudad, ni tampoco el país. Ni visité la planta de Osram. La imagen de la ciudad perfecta me acompañó durante todo el viaje. Es el único lugar donde la vegetación se apodera de la ciudad. La invade (no es palabra heroica), y no al contrario. Un viaje en metro te sumerge en la oscuridad durante unos minutos y de pronto te traslada atravesando un bosque. Así. Pero Alemania fue el primer país en someterse a la Obsolescencia programada. Ahora siento confusión, un placer extraño. Hoy me he despertado con la obsesión de que un cuerpo de bomberos sufragado por el estado venga sigilosamente a aflojar el casquillo de una existencia obsoleta como la mía, demasiado programática. Las clases pasivas no generamos industria, me temo. 

jueves, 2 de junio de 2011

EPÍTOME

Como un insecto en su vaina listo para la vivisección, pasó la noche. Por la mañana se quedó despierto un buen rato, atenazado por una extraña sensación de frío calor, pávido ante la idea de sumergirse de nuevo en el orbe que infestaba su existencia obligándole a transitar de ordinario por el cenagoso entramado de las arterias de Madrid. Había soñado con su otro yo, sumido ingenuamente en el placer de una insidiosa conciencia onírica. Sueños enfáticos, al fin y al cabo, que convertían al hombre dúctil en un fauno, y del que no quedaba más cuando despertaba que una ráfaga inaprensible, presa de la terquedad de un pusilánime ávido de inapariencia. Su estómago se contraía y distendía en pausados movimientos peristálticos audibles en toda la habitación y semejantes al graznido de un pato. Miró de nuevo sus manos de mandril. Se apoyó en ellas para incorporarse y le provocaron un dolor insoportable. El ácido úrico cristalizaba en sus extremidades y le desgarraba como un arpón cada falange de los dedos. Se deslizó hacia arriba con dificultad y apoyó la espalda en la pared. Estiró los brazos y las articulaciones emitieron un chasquido sordo. Miró a su alrededor, a los restos de la cápsula quebrada de un argonauta inundada de libros expiatorios que le habían llevado a la absoluta desesperanza. Lecturas dóciles de novelas con denominador común; nauseabundos tratados de filosofía que se apuñalaban continuamente por la espalda; severos manifiestos de un niños ascetas; afrentas entre una ciencia empírica, taxidérmica, y compasibles credos ortodoxos. De cómo la locura se expande cada vez que su organismo inhala la fragancia absenta de un epítome.
La personificación de un sujeto anónimo suponía grandes molestias para la secretaria interina del primer piso. El cortejo de ánimas al que cada día malograba debidamente gracias a su adoctrinamiento estigio le llevó a pensar de sí misma que no ejercía un trabajo digno sino escasamente remunerado. Sus glándulas no secretaban saliva, se trataba de un líquido ácido y viscoso que le apestaba el aliento y teñía su lengua de un color indeleble. De ese aparato excretor era capaz de surgir la melodía precisa de una clepsidra o el más profundo exabrupto en consonancia al individuo a quien rendía cuentas. Llevaba sujeto al pelo una libélula de bisutería. Sus ojos avanzaban haciendo retroceder la nariz y la boca hasta hacerlas casi imperceptibles. Vestía un adusto traje de chaqueta color corporativo y unas botas de piel vuelta que limpiaba cuidadosamente con un paño impregnado de amoniaco antes de salir de casa. Ese olor la acompañaba durante el trayecto en autobús y desaparecía lentamente evaporado por el calefactor de su mesa. No habría pasado demasiado tiempo hasta que restregándose por las ciudades financieras cayera de nuevo en cualquier otro lugar ungida de un nuevo color corporativo. Pero aún permanecía allí porque debía morir.
Consiguió incorporarse y se quedó sentado en la cama. Quedaba muy poco, un tiempo que se consume tan rápidamente como los cigarrillos que apestaban su ropa. Saber que has de proceder le resultaba inhumano, porque cada acción se demarca en una imperceptible franja horaria, precisa en latitud y longitud, que atraviesa la tierra de un extremo a otro y corta con su eje afilado a los sujetos por la mitad. De esas mitades se construye un todo, un ser cercenado universal, un prototipo industrial que consume energía y genera riqueza. Un judío errante que gravita las coordenadas del planeta sumido en la propaganda cinética del sistema sexagesimal, y de la que es imposible huir atraído inexorablemente por la fuerza de una feroz gravedad que se alimenta del ínfimo peso específico del individuo aislado. Saber de sí le convertía en una presa fácil. Los demás se ignoran a sí mismos de forma sistemática y consiguen vivir en dimensiones que rozan la realidad tan sutilmente que pasan desapercibidos. Pero no poseía esa facultad. Sus días formaban parte de una muerte milimétrica. Nada sucedía en suma. Todo constituía la disgregación de su ser animado. Esta reestructuración cognitiva había degenerado en una presunción de culpabilidad, en el error de estar presente. Creía haber perdido el juicio porque nadie vivía en regresión, salvo él mismo.
La secretaria interina del primer piso ordenaba los expedientes de los operarios, del mismo modo que su inmediata superior ordenaba la pila donde se hallaba el suyo, y así ascendentemente hasta alcanzar las plantas superiores, donde todos los expedientes del edificio se generaban en estancias minimalistas a través de palimpsestos en los que se sobrescriben nombres y apellidos y cifras liquidatorias. Un indolente juego documental donde nadie sale ileso. La libélula que adorna su pelo, en aquella otra dimensión, no sabe nada del mundo que la rodea. Es un objeto inanimado que insufla aliento como un científico que conecta su puzzle orgánico a un pararrayos. La esperanza de vida de la secretaria no va más allá de unos meses. Su intenso dolor en la zona parietal es atribuido a las jornadas frenéticas de trabajo. La libélula, mientras tanto, se sujeta con una orquilla a la zona capilar que recubre un tumor, e induce un parasimpático efecto placebo asociado al culto ancestral a la belleza.
Salió del apartamento a primera hora citado por la secretaria, libélula y tumor de su empresa. Cronometró el tiempo necesario para tomar un café. Los hipoglucémicos, de manera inconsciente, poseen el instinto de consumir dosis elevadas de azúcares que reponen su glucosa. Reactivada la psicomotricidad del individuo aislado se dirigió deprisa a la parada del autobús circular. 

miércoles, 1 de junio de 2011

La morada de Circe. (Inconcluso)


            

     El hedor a cigarrillos y orina de gato no ha desaparecido aún de mi ropa. Mi primera reacción ya fue huir escaleras abajo durante la primera visita, cuando abrió la puerta y me abofeteó su olor y aspecto lamentables. Pero debía persuadirla de que me recibiese durante unos días, y para ello fue preciso saciarla astutamente de constantes brotes fingidos de ignorancia que estimulaban su discurso prepotente. De otro modo no hubiese obtenido nada, como le había sucedido en varias ocasiones a ciertos colegas insensatos que pretendieron acercarse a ella. Cómo llegué allí no importa, cómo desacredité a mis compañeros para adjudicarme la empresa tampoco, sería bochornoso relatar aquí el transcurso de un atentado periodista disfrazado de investigación. El reconocimiento es lo único que me ha importando desde el primer momento. Y ya basta.

Nada correspondía con la imagen que había creado de antemano. La imaginé sentada, erguida, con herramientas de escritura dispuestas sobre una mesa. Y lo cierto es que, a pesar de haberlo tenido todo, ahora sólo poseía un catre donde escribía a horcajadas en el reverso de folletos publicitarios, además de cientos de cajas de madera repletas de libros que asfixiaban la habitación; cajas de pescado que robaba en el mercado y cubría con papel de periódico. Las apilaba una encima de otras sin equilibrio y algunas se habían despeñado haciéndose añicos. El gato orinaba sobre todo lo que había en el suelo, mordisqueaba las esquinas de los libros y cagaba sobre las hojas que se desprendían de los legajos que habían golpeado el suelo. Nada de esto tenía que ver con ella. Arrullaba al animal con estúpidas canciones infantiles y le arrancaba serenamente las bolas de pelo con la yema de los dedos para arrojarlas al suelo. Me ofreció una taza de té abominable calentado en un cazo y casi no pronunció palabra hasta advertir el entusiasmo que le dejé entrever, propio de un insignificante investigador que se había propuesto extraer de aquellas entrevistas la constructio de una escritora cuyas obras habían generado tanta controversia durante décadas gracias a su implacable transgresión de lo convenido al género, la vida defenestrada de sus personajes y un desdén proscrito que turbaba a sus lectores hasta llevarlos al paroxismo convertidos en fieles bestias insaciables de los productos en serie de aquella pestilente morada de Circe.
Urbina era Checoslovaca, de origen judío convertida al catolicismo con catorce años en un orfanato de Praga. Doctora en filosofía, sus provocadores ensayos la llevaron a impartir clases en la universidad hasta cumplir los treinta años. Fue entonces cuando abandonó su carrera para dedicarse únicamente a componer narrativa. La crítica blandió su trabajo como una “labor compositiva” debido a la musicalidad que denotaban sus textos y conminó a cientos de especialistas entusiasmados por toda Europa a redefinir un género detestado por su obsolescencia. Casi toda su vida había escrito con pseudónimo. Un nombre ridículo que pasó desapercibido los primeros años para luego convertirse en el paradigma de medio siglo. Sus novelas eran traducidas a cualquier idioma, y surgieron hordas de escribidores que multiplicaban los intentos por aproximarse un ápice a su “estilo inverso” sin éxito alguno. Lo cierto es que sus obras conformaron un género sin precedentes, y convulsionaron el mercado logrando que hasta el más imbécil detentase alguno de sus libros, que la mayoría de las veces eran abandonados en sus primeras páginas. Dejó de publicar en 1970.

*
Serendipia en una palabra que detesto porque se prodiga en el vergonzoso léxico cienticifista que hincha la lengua como una reacción alérgica. Pero debo reconocer que no he hallado ninguna otra que se adecue a lo que sucedió un par de meses atrás durante la visita a una librería de segunda mano camuflada entre los pequeños escaparates de numismática de la calle Toledo. Entré por casualidad, llamó mi atención un volumen de Athanasius  Kircher expuesto en un atril de la entrada. Entonces escribía un artículo sobre la biblioteca esotérica de Sor Juana que me encargó una revista mensual de supuesta “divulgación científica”, pero cuyos colaboradores se explayaban de madrugada en programas televisivos dedicados a la astrología y otras mierdas. No soy un gran lector, ni siquiera un lector ocasional, cualquier libro que ha caído en mis manos era extracto de las bibliografías académicas pertinentes a mi formación, tal vez ahora conclusa. He leído novelas, es cierto, pocas e insufribles, y siempre por pura cortesía al tratarse de regalos de buenos amigos sin escrúpulos. Una de ellas era de Urbina, la única que logró conmoverme y que a punto estuvo de llevarme a la torpeza de adquirir yo mismo otro ejemplar, a precio de oro, como hacen tantos y tantos incautos que me rodean y a quienes las editoriales inoculan reiteradamente sobrevalorados productos industriales malparidos en mesas de disección. No soy crítico ni nada parecido. No tengo criterio, sólo una mala leche de la hostia. Necesito desacreditar sistemáticamente, poner en evidencia, humillar si es preciso. De no haber sido así, cualquier otro ocuparía mi mesa en la redacción. Son malos tiempos y he sabido adaptarme a esta abrasiva dinámica de la prensa sin demasiado esfuerzo. 
El individuo que atendía la librería tenía las uñas sucias. Quienes manejan libros acaban con la piel destrozada porque la sequedad del polvo encurte las manos y les confiere un aspecto senil, artrítico y repugnante. Parecía un buen hombre a pesar de todo, diligente y educado, aunque hablaba demasiado. Era evidente que no vendía un carajo porque necesitaba impresionarme a toda costa en su afán desesperado por captar clientes. Un buen librero me habría ignorado después de entregar la mercancía, pero el buen señor se quedó a mi lado expectante. Quería decir algo. Seguramente nada que me importase en absoluto más allá del Kircher de los cojones. No pudo contenerse y se ofreció a compartir conmigo una confidencia. Le miré de reojo y arqueé la ceja para advertirle de mí. Pero franqueó mis muecas y fue a lo suyo.
- ¿Sabe, joven, que un ejemplar como el que tiene usted en la mano lo envié hace unos días a casa de la escritora Urbina?.
- ¿Para qué?, dije.
Y contentó en un susurro. - Pues para “eso” que ella hace…-
- ¿Qué es “eso”, joder…,  ¿a qué se refiere?.
- A sus “escrituras inversas”, ¿no lo sabía?.
La conversación fue a más. Aquel pobre imbécil conocía bien a Urbina. Fue su amante ocasional, un hijo de puta que se la estuvo follando y movía el ratón vilmente para desactivar el salvapantallas mientras ella estaba en el baño y leer a toda velocidad el texto que aparecía en la pantalla de su ordenador.

*
Durante un mes acudí cada mañana a su apartamento. A veces me quedaba en el portal durante media hora tocando el interfono. Urbina consumía bromazepam y le costaba levantarse antes del mediodía. Se esforzó demasiado por complacerme. Ahora sé que no era cierto, porque la realidad es que se complacía a sí misma. Se hundía en la mierda y necesitaba dinero para subsistir, pero se trataba de una diosa, aunque bien pertrecha, y su rango exigía moldear con excelencia a su nuevo valido con forma de pusilánime redactor de obituarios. Pobre ingenua. Al principio sólo habló de sí misma. Dictaba su biografía sin que yo se lo pidiese. Le prestaba atención y garabateaba un cuaderno que tiré más tarde a la basura. Me importaban una mierda su vida académica,  sus viajes, su cordial correspondencia con escritores velocistas a quienes nunca se le practicaban pruebas antidoping, sus obrigados premios literarios, sus dolorosas menstruaciones. Las vidas no merecen contarse porque todos somos la misma persona recreada por un único pintor. El color y la textura pueden llamar la atención tanto o menos según la luz donde estemos expuestos. Entre un ser anónimo y una escritora no hay ninguna diferencia, tan sólo un rastro de babas.
El librero de la piel curtida me produjo una convulsión. Alimentó sin medida durante media hora la maledicencia potencial a la que vivo expuesto. Apresuró éste mi deseo incontrolable de urdir fastuosos descréditos desvelando  secretos que jamás donaría en ningún futuro a la ciencia, únicamente harían bulto en mi henchida mala fe. No cuestiono la razón de vivir en un lugar donde la carroña es el leitmotiv. Todo el mundo disfruta contemplando el horror de las vidas ajenas, y a veces les sugiere un bienestar del que por sí mismos no sabrían percatarse. Es tan simple que abruma. Mi cuestión es otra más simple aún, sentirme superior a los demás y aniquilar las vidas de los otros. Es divertido vivir al acecho apaciguando a la presa que voy a devorar.
Las visitas se hacían cada más insoportables. La cortesía y las confidencias me provocaban nauseas. Resultó tan mezquina que no tardó en revelar su experiencia con “el ábaco literario”. 

martes, 10 de mayo de 2011

A PROPÓSITO DE HENRY

El día de su cumpleaños recibió de manos de su tía un cuaderno ENRI color GRIS de hojas cuadriculadas. Mientras tanto, en la peluquería, su madre cubría sus cabello GRIS con tinte HENRY Colomer y en la televisión, que aún emitía en escala de GRISES, se hablaba continuamente de HENRY Kissinger. En esa época (h)enri(y) gris se obsesionó con una idea. En el patio podía resguardarse del sol bajo una parra lleva de avispas, a las que había aprendido a no molestar para que ellas no le molestasen a él. Había además un celindo, un ciruelo y un chirimoyo. Ya podía llevar pantalones cortos porque empezaba a hacer calor. Solía sentarse en una sillita de anea frente a una mesa rudimentaria de madera que medio podrida su padre había dejado en el patio. Debió arder en la chimenea, pero su madre la llenó a tiempo de tiestos con esparragueras, cóleos, pilistras, y latitas vacías que usaba para regar. Las plantas crecían hermosas trasplantadas en tierra traída de la orilla del río mezclada con posos de café de pucherete.
La gran empresa consistía en escribir en su cuaderno todos los números que existen. Primero hizo una columna vertical: 1, 2, 3, 4, 5,… pero no le salía recta a pesar de las guías del papel. Enfadado, comenzó a escribir en horizontal: 152,153,154,… Los números se apretujaban demasiado y los comenzó a separar por guiones: 687-688-689… El bolígrafo Bic se quedó sin tinta en el 25.694. Siguió escribiendo con lápiz y a la mañana siguiente borró con una goma Milán de sabor a nata todos esos números propensos a emborronarse porque encontró en su estuche otro bolígrafo escondido bajo un semicírculo graduado. Retomó: 25.695-25.696-25.697-25.698… No salía a jugar con el resto de los niños del barrio. Les oía gritar y darse golpes detrás del muro que cubría el celindo. El cuaderno empezó a quedarse sin hojas a partir del 694.854. Y es que unos días los números le salían muy chiquititos y otros demasiado grandes y gastaba la hoja enseguida. Dudaba de si una vez que llegase al millón fuese capaz de escribir números de tantas cifras sin equivocarse en el puntito.
Aunque no salía a jugar, sí iba al colegio. Allí recibía clases de matemáticas de una profesora tan pequeña como él. A veces en el recreo pasaba desapercibida y era descalabrada con frecuencia como el resto de los niños. Ese año cursaba sexto de EGB. Las matemáticas empezaban a inundarse de signos desconocidos. Ya conocía el concepto de ecuación, que no tuvo ningún problema en comprender y asimilar como el buen alumno que era. Hacía bien todos los días sus ejercicios que la profesora diminuta marcaba con unas gigantescas uves de “visto”. En muy pocas ocasiones el color rojo de la M de “mal” estropeó su cuaderno. Una mañana el mundo se le vino encima. La profesora dibujó en la pizarra una especie de antifaz y comenzó a explicar su significado. Se trataba del símbolo infinito. Significaba “todos y cada uno de los números”. De un solo trazo su trabajo de artesano se derrumbó para siempre. Quemó el cuaderno y comenzó a molestar a las avispas. 


domingo, 8 de mayo de 2011

AD DIGNITAS PERSONAE

La pluma Montblanc, modelo para la Edición de Escritores, en laca jaspeada color verde oscuro realzada por adornos plaqué platino, creada en homenaje al librepensador irlandés George Bernard Shaw era, precisamente, lo que andaba buscando. Rogó a la dependienta que la extrajese de la vitrina. La chica se enfundó unos guantes de raso blanco impoluto y limpió cuidadosamente la estilográfica con un pañito de gamuza antes de mostrársela. Quedó maravillado. Confirmada la venta, la introdujo en su molde de terciopelo, cerró el cofre y lo envolvió en papel de gasa. El día anterior había encargado unos pliegos de celulosa canadiense de alto gramaje, color sepia y con una gran capacidad de absorción que evitaba las concentraciones de tinta. Se los traían del almacén en ese momento. Satisfecho con sus compras se marchó a casa.
El escritorio de Su Excelencia era de caoba maciza. Tallado en bulto. Sin una brizna de polvo. Un vade de piel bovina, un tintero viejo París y un candelabro de lágrimas Swarovski se disponían sobre la mesa en forma de triángulo equilátero. Tomó asiento, redujo la inclinación del respaldo y acercó el sillón a la mesa. Extrajo de la bolsa su flamante Bernard Shaw, su exclusivo papel y plenamente inspirado comenzó a redactar un ensayo que titulaba así:
“La nueva doctrina de la fe: Bioética. AD DIGNITAS PERSONÆ”


miércoles, 4 de mayo de 2011

JUDITHA



El intervalo formado por la sensible y el cuarto grado por debajo (cuarta aumentada) o el cuarto grado por arriba (quinta disminuida) se llama trítono, es decir, tres tonos. Tiene una forma particular de sonar y fue observado con desagrado en la época del contrapunto estricto, en la que se le llamaba diabolus in musica (diablo en música). La aspereza de su efecto era mitigada o evitada con la consecuente habilidad. 
Walter Piston. Armonía. 


Mis dientes de leche desgarraban sus pezones, que habían alcanzado el tamaño de un dedo meñique. No le importaba, porque sabía que el poder de succión de mi tórax expandido era mayor que el de aquel instrumento en forma de bocina. Me obligó a mamar hasta los seis años. Alquilaba sus tetas a otras madres que estaban secas. Cuando en el pueblucho dejaban de parir me sacaba de la cama y pellizcaba mis nalgas para que siguiera de pie, entre sus piernas, con la cara aplastada contra aquella masa varicosa y cerúlea, estimulando el flujo día y noche. El camarero viene hacia la mesa. Le he pedido media hora después de sentarme un café solo. Me da asco la crema que flota en los vasos. La expurgo con las cucharillas y las vierto en los ceniceros. Tampoco me soportan en este lugar. Doy asco a los demás. Por alguna extraña razón aún conservo los mismos dientes de leche, deformes, como un embudo deseando salirse de la boca. Fumo echando la ceniza en el plato, no quiero que se empape el cigarrillo. Aún me dan más asco los ceniceros inundados de café. Juditha viene hacia aquí caminando, aunque le dije que tenía prisa. Ella que no quiso mamar y creció enjuta. La alimentaron con lo único que tragaba, pan duro y café negro hasta que la dejaron en el hospicio. Cuando la vieron llegar las monjas pensaron que le traían un reptil. Ha vivido reptando desde entonces. Los días de lluvia quedamos en este lugar para insultarnos. Repartimos la nada en dos partes. La porción de cada uno aumenta o disminuye según el odio que nos profesemos. La última vez que la vi traía dentro del bolso un jarabe, un líquido ferruginoso que la impedía morir de anemia. Tuvimos un hijo, un gecko. No sabemos nada de él. Juditha lo parió deprisa y se le escapó de las manos. Se marchó resbalándose hasta otro lugar. Puede que también, como nosotros, muriese ahogado en este bar de los sargazos. Los veladores tienen el mármol fracturado y las sillas se balancean dando chasquidos. La luz pasa de largo. Es un buen lugar para sentarse a morir aciago. Para notar que la sangre se oscurece y se pudre. Para sentir cómo las larvas eclosionan y licúan tu masa encefálica. Un buen lugar para sentir la oquedad de las vísceras. Ha entrado Juditha cubierta con una gabardina. Muda la piel y acostumbra a vestirse de sus despojos. Me ha dado un beso en la mejilla. Se queda mirando a sí misma. Durante años la he masacrado explicándole enojado el significado de sus propias palabras, y por eso ya no dice nada. Los gases desprendidos en mi descomposición la intoxicaron para siempre. Enciendo otro cigarrillo. El humo vuela hacia ella y se mete en sus ojos. Espera aún que la perdone por haberse marchado sin abandonarme. La conocí en los jardines de Bomarzo. Ya había desechado media vida. Le quedaba otra mitad, de la que yo me hice cargo enseguida. Me resultó atractiva. Reunía las condiciones para subyugar. Su cólera envolvía cualquier atmósfera y la enrarecía en unos segundos. Solamente sus ojos eran capaces de abrirte en canal. Vivió unos años rodeada de extractos binarios de una base de datos estatal que hacían las veces de padres y hermanos. Eran de goma. Los botó y salió de allí. Su organismo desorganizado le impidió vivir como una puta, nadie daba una mierda por horadar una esfinge grutesca. El camarero le pregunta si tomará una copa, no café. Se contrae como una oruga y empuja la mesa con los pies. Sufre trastornos motores. Pide salir de allí. Dejo unas monedas en la mesa entre cien bolas de servilleta y nos vamos. La lluvia sigue afuera, esperándonos. Caminamos a distancia, repelidos. Nos extendemos por la avenida como una epidemia. El mundo se cobija de nosotros en una madriguera. Allí organizan equipos, sociedades, ecosistemas, peceras, comunidades, paisajes endémicos, reductos, empresas, y mueren empachados de sí mismos. Juditha obtuvo sin esfuerzo otro hombre antes que yo. Un estibador que trabajaba de noche. Le dijo una sola vez que la quería. Lo ahorcó con un rudimentario juego de poleas y lo dejó suspendido bajo una grúa desguazada de la antigua estación portuaria. La lengua se le hinchó como a un batracio. Me dijo que su balanceo le recordaba a la cadena oxidada del water de las monjas. Lo dejó allí hasta que la cuerda cedió por la sobrecarga de fluidos. Días después arrastró su cuerpo desmembrado y lo arrojó entre las piedras del espigón. Ha dejado de llover. La miro por detrás. No tiene culo. Durante los años que vivimos juntos hicimos el amor dos veces. En una ocasión sin motivo aparente y la segunda dejándose llevar por un precario impulso reproductor. Sufría tremendos dolores en la vagina. Cuando llegó al orgasmo su columna vertebral se arqueó hacia atrás con tal violencia que rodó al suelo. Se quedó allí mientras yo dormía. Cuando desperté tenía sangre seca en las ingles. El hedor de su sexo había inundado la habitación. Recordaba ese olor, era el mismo que inhalaba entre las piernas de mi madre. Yo trabajaba entonces en un local de apuestas a dos manzanas del apartamento. Volvía de madrugaba y Juditha seguía despierta, con los mismos ojos de siempre apuntando a dianas móviles. Se detiene bajo un árbol. La alcanzo. Sujeta el paraguas con dificultad, el viento dispara una lluvia diminuta en todas direcciones. Me obliga a seguir andando. No sé hacia dónde vamos, la sigo sin más, y pienso de nuevo en el suicidio. En esa universal ecuación de infinitas variables. La mente es preclara cuando se constriñe en el abismo de las progresiones aritméticas. El binomio irresoluble de la caridad humana entre sujetos inermes sólo conduce al exterminio. Nadie ha sabido de las incógnitas de Juditha, de su capacidad para hacer de la línea recta una curva concéntrica, de su malestar ante lo resoluble, de su odio por las geometrías. Cuando la conocí sus células habían dejado de regenerarse. Moría de sí misma. Reuní dinero suficiente para dejarle hacer a ella. Bajo la gabardina escondía un revólver. Antes de citarla en el bar le advertí: no tengo tiempo para quitarme la vida, he de volver al trabajo. Perdí la razón en cuanto tuve conciencia de ella, del mismo modo que mi madre murió al darse cuenta de que se había quedado seca de forma irreversible. Axiomas que han devastado mi existencia. Valerme de una frágil intuición imitando un instinto de supervivencia del que no se te ha provisto me hizo envejecer prematuramente. Me adherí a Juditha como un parásito. Su oscuridad hacía que todo cuanto me rodeaba se desvaneciese en su inframundo. Devoraba cualquier cosa, también mi angustia. Se hizo cargo de un animal atropellado que pronto recuperaría la fuerza de sus mandíbulas. No me hice esperar. Miné su existencia con arrebatos de ira que ella transformaba en agente taxativo de su propia dinámica autodestructiva. Los recibía sin conmoverse, con la misma naturalidad que los cuajos de sangre que expulsaba cada vez con más frecuencia. Juditha me espera frente a un gran edificio. Me sujeta del  brazo y entramos juntos. Guardaba las llaves junto al revólver. No he estado nunca en este lugar, aunque su fachada me es familiar. Es de color blanco, decorado con cornisas y Atlantes de piedra tallada. Subimos por la escalera. Ha dejado el ascensor abierto. Entramos en uno de los pisos. Me ha dado tiempo a distinguir una placa dorada junto a la puerta. Cierra con llave. No responde cuando le pregunto qué hacemos aquí y quién es el dueño de esta casa. Desaparece y me deja en medio de un salón inmenso con una gran pecera. Está llena de agua turbia y no hay nada vivo en su interior. La depuradora sigue en funcionamiento y produce un ligero oleaje en la superficie. Flota un humus grisáceo, restos de comida putrefacta. Oigo ruidos que proceden de otra habitación. Juditha vuelve con una escalera plegable en forma de A y cinta adhesiva. Continúan oyéndose ruidos en otra habitación. Con un gesto me indica que me acerque a ella. Me sienta en uno de los peldaños de la escalera. Me ata ambas manos a las barras laterales. Aprieta con fuerza. No muestro resistencia. Una cálida sensación recorre mi cuerpo. Tengo una erección. Mi polla me hace daño atrapada en el pliegue de los pantalones. Ata mis pies. Ya no puedo moverme. Del otro lado se sienta Juditha y traba con fuerza tres de sus extremidades. Deja el único brazo libre colgando con el precinto color mierda de bebe en la mano. Emite un sonido parecido al orgasmo. Entra un joven en la habitación.  Tiene la boca pequeña y los ojos desorbitados. Suda. Saca el revolver del bolso. Le ata la mano y después nos une por el cuello dando vueltas al precinto aplastándonos la tráquea.. El gecko nos observa unos segundos. Detona el arma con el cañón dentro de mi boca.

jueves, 28 de abril de 2011

Carta a Pola Oloixarac

Epístola cogitabunda.-

1. Discursiva entomoyacente.
Pola, me preocupa el riesgo que supone escribir esta carta. Tengo miedo a molestarte, como esos insectos que aparecen de no se sabe dónde y empiezan a revolotear alocados alrededor de una luz encendida. Si tenemos paciencia, su propio instinto reproductor nos librará de ellos. Sólo hay que esperar a que acaben colándose por el ojo incandescente y mueran, de un chasquido, abrasados. ¿Nunca has soplado, antes de cambiar una bombilla, el lecho putrefacto que se acumula bajo el casquillo? Que yo muera o no calcinado dependerá, Pola, de tu luminiscencia.
2. Discursiva binario-nihilista.
Los aparatos electrónicos poseen un botón camuflado a la vista que sólo puede accionarse con objetos de punta muy fina. Es así para evitar accidentes. Si necesitamos localizarlo hay que recurrir, casi siempre y con desgana, a los manuales de instrucciones que dejamos envueltos en el plástico dentro de un cajón. Te hablo, Pola,  de la muerte súbita, del botón reset. Alguien ha accionado el mío sin querer.
3. Discursiva prístinopractor
Ya tengo cuarenta y un años y he sufrido la transición de mi país. Mi educación se ha forjado en medio del fuego entrecruzado entre intelectuales sincrónicos e intelectuales cuasidiacrónicos. Arengas a diestro y siniestro. ¿Y cuál el resultado? Me avergüenzo sólo de pensarlo, aprender literatura extraída de departamentos estancos, desde los cursos de primaria hasta llegar a la universidad. Esta olla express metodológica cuenta, porque sigue siendo así, con más de un punto de fuga, pero nadie se digna en purgar el excedente de vapor, y yo no fui o he sido capaz de incitarlos a ello. Terminé abandonando mis estudios universitarios en el último curso. Me sentía estafado. Desde entonces he procurado hallar vestigios de literatura no sujeta a parámetros de falsa transgresión, algo tedioso para los que hemos cronificado la ausencia de visiones que van más allá del límite estricto a la literatura de su propio país. Sigo avergonzarme de esta indigencia infringida, pero hago esfuerzos de rehabilitación ¿académica? y quizás pronto consiga caminar sin sujetarme a ningún saliente. Leer Las teorías salvajes ha sido un punto de inflexión. He purgado, al fin, el sometimiento al producto nacional bruto y sus homólogos  europeos.
4. Discursiva infraemeritus
Ya te hablé, Pola, en la carta apocopada que envié disfrazada de comentario a uno de tus artículos, de las obras octupusi. Ya dije bastante, incluso más de lo debido. Olvida aquello de que …hubo un tiempo en el que a punto estuve de alistarme en las filas… porque suena pretencioso y aún más, rabioso. Y no es así. Te pido disculpas. Pretendía describir el panorama literario de mi país, pero no dispongo de aparato crítico suficiente para hacer tal cosa. Soy no más que un lector sincopado aficionado a escribir. Te envié la dirección de mi disparatado blog, un lugar de paso donde me divierto con textos preciosistas. No tienen nada y tienen todo que ver conmigo. He sido un ingenuo al hablarte de esos escritores velocistas que publican sin someterse a ningún control antidoping. Ya sabrás de su existencia más que yo. El azar quiso que entablase amistad con alguno de ellos. Ahora son grandes escritores de lengua española. No me interesan. Tengo suficiente con haber sufrido sus obras durante tantos años. Estoy harto de guerras civiles contadas por niñatos. Me he cansado de tener que escalar sus libros apilados en montañas que saturan  el espacio de la librería, para llegar al pequeño estante que alberga lo extramuros, lo extraPOLAble.
Ayer una amiga se reía de mí porque le aconsejé que leyese tu libro dos veces seguidas. Lo llamó el holy book de José Antonio. Ya se hizo con él. Nos fuimos a la cafetería Lisboa y hablamos toda la tarde de literatura. Un placer.

José Antonio. Abril de 2011.

Vichy Catalán

Mi querida Ana María Matute recibió ayer el premio Cervantes de las letras. Un adusto premio novel panhispánico que, a mi entender, ella no necesita, ni muchísimo menos su obra. Por qué los lectores somos tan ingenuos al pensar que el buen escritor es aquel que se (a)sienta detrás de una botellita de Font Vella (premio pandillacadémico -Nivel 1. Clase media-baja-), o de Solán de Cabras (premio institutopandémico -Nivel 2. Clase media-alta-), o de Vichy Catalán (premio editobjetodedeseo -Nivel 3. Me forro).
Joyce en su maltrecha vida no obtuvo el menor reconocimiento, y ahora exhuman su nombre para galardonar a otros, y a Gabriel Celaya (Premio Nacional de las letras) su distinción no le salvó de morir en la indigencia. Son paradojas del mundo en que vivimos. La literatura sometida al mercantilismo se reconoce a lo largo de todo el siglo XX y ahora se consolida como factor determinante en la distribución editorial. El escritor que pretenda hacerse rico seguro que lo consigue haciendo -por correspondencia- un sencillo curso de patronaje industrial.
Yo sería mal jurado, por hipocrático. 



sábado, 23 de abril de 2011

Dragonlance

Ayer tomé café con mis amigos en el lugar de costumbre. Llovió toda la tarde y nuestra morada de Circe hacía su agosto llena a rebosar del gentío que se refugiaba del mal tiempo en busca de merengues, tartas de queso y milhojas de crema acompañadas, por supuesto, de café descafeinado, leche desnatada y sacarina para evitar una millonésima parte de caloría. Mi querido amigo Drangonlance miraba melancólicamente a la calle cual personaje de Martín Gaite entre visillos. Nuestra exótica tertulia literaria, donde combatían cuerpo a cuerpo Katherine Neville, André Guide y Tintín transcurrió plácidamente hasta que el Iphone 4 tronó por encima de nuestras cabezas come ragio lusinghier. La alerta sonora de un programa llamado GRINDR transformó a la señorita Natalia en Godzilla en cuestión de segundos.
Creía, hasta ayer, saber todo sobre las nuevas tecnologías móviles aplicadas a la búsqueda de “follables”,  porque inundan las madrugadoras teletiendas de cualquier canal televisivo. El   scopuli sirenum de la prensa escrita por el que todos navegamos alguna vez para mofarnos -o beneficiarnos- de los anuncios por palabras de travestis contorsionistas y ensaladillas rusas tiene los días contados. El localizador GPS abandona las berlinas cargadas de bebés felicísimos y papás viajeros para convertirse en Depredator. El “mediático” Tomtom ya no localiza callejuelas en Malasaña, busca “personas humanas”. Te señala con su dedo satélite en el mapa y te pone a tiro de los que te quieren tirar un polvo. Magníficamente aterrador. Te ubica con un error de margen de 7 a 50 metros. Claro está que la aplicación de marras no está aún subvencionada por los servicios sociales. Se acabaron las caravanas de mujeres. Matrix Revolution. 

viernes, 22 de abril de 2011

Estacionamiento aculatado



Ser tridentino es agotador. Yo también fui “joven y bonita” con 20 años, ortodoxamente promiscua, y me encantaba que me sonsacasen pecados en la fila india de las juventudes ultracatólicas. Recuerdo bien a “Conchita”, íntima por aquel entonces y que recién salida del seminario acudió en noviembre de 2005, subida en un autobús de Priscillas dirección Barcelona, a cumplir su sueño de aparcar en doble fila junto el papamóvil. Como llegaron temprano y la misa de campaña se celebraba a media tarde se refugiaron todas en la Sauna Condal porque supongo que habría estreno de nueva finlandesa con reclinatorio felatio feliz. Me contó emocionada aquel viaje una noche que coincidimos en la zona cruising que había entonces un poco más abajo de la Virgen de Las Angustias, ahora desmantelada. Hacía un frío terrible y nos refugiamos en la arboleda sentaditas en un banco bajo un magnolio a charlar como buenas amigas. De entre el follaje apareció entonces un franciscano de buen año a quien Conchita odiaba con todo su espíritu porque durante unos ejercicios se llevó de calle a un jesuita ceñido en unos Levis de maravilloso paquetón hernioinguinal. El Señor lo quiso así. Se sentó con nosotros a pesar de todo, y no hubo tiempo suficiente para meditaciones porque cruzando el puente se acercaba “La Juandina” que recién había estrenado la noche con una especie de aborigen. Había vuelto a salir con alevosía por el portón de carga y descarga de su comunidad y se dio de bruces con él en plena calle. Vaya suerte. Y cómo no, nos dio el beso de Judas limpiándose la comisura de los labios. Aquellos labios que dictaban el nuevo evangelio:
- Nosotras aquí y las parroquias vacías… Me parto el culo de risa…!!!


miércoles, 20 de abril de 2011

Lipolítico emulsionante

No me negarán que extender suavemente con la yema de los dedos sobre frente, pómulos y mejilla un extracto de placenta humana dos veces al día no recuerda a los macabros experimentos de Joseph Mengele, rescatado del olvido por L´oréal. El hombre hombre-lobo depilado con láser irrumpe en la sociedad del reparador descanso Pikolín, sin olvidarnos de la mujer esclava del aceite de argán natural extraído de la cagarruta de una cabra que tras ingerir, rumiar, y digerir una semilla la devuelve al mundo depurada para uso cosmético. De la Cleopatra bañada en leche de burra al Varón Dandy han pasado unos años. Del Boswelox hemos dado un generoso salto cualitativo al Botox, que ya conocí al obtener mi carnet de manipulador de alimentos incluido en la lista de venenos culinarios con el nombre de bacilo botulínico. El amor (a las cremas reductoras) es extraño y descontrolado, como diría Raimunda Navarro, le pasa a cualquiera… Y así ha sucedido. Jamás me hubiese imaginado echando al carrito con disimulo una crema antiarrugas del estante del supermercado. He comprado una marca blanca, salvaguardándome de las grandes perfumerías y farmacias afines para conservar la integridad física de mi masticada MasterCard. Por fin podré tomar una infusión de sacarina con Nicole Kidman. Y digo yo, si continúo escribiendo no hará falta hablar y las micro-crispaciones de mi piel y la arruga de expresión no aparecerán jamás. Maravilloso. Ya aprenderé el lenguaje de signos si necesito entrar al baño.


martes, 19 de abril de 2011

Encefalopatía espongiforme

Me vecina Paasilinna me ha regalado un pan horneado en su flamante panificadora doméstica. Tiene pepitas de cereal no identificado. He arrojado en la sartén una tremenda rebanada que untaré de queso fresco a las finas hierbas provenzales en una bacanal de grasa poliinsaturada versus vegana. Oígo, mi padre tiene puesto el televisor, cantar a Bob Esponja. Se ha quedado dormido y el canal transmite a destajo. Como no vivo (aún) en Las Hurdes sé que se trata de la sensación de la temporada, un paralelepípedo espongiforme que amansa a los niños cocinando happy meal´s. Con mi cereal y leguminosa tostada en la mano me acomodo al lado de mi gato en su personal e intransferible sofá y engullo mirando la pantalla mientras reservo mi alfombra de migas con un mantelito zen en las rodillas.
No reconozco al antihéroe subacuático en el frenesí audiovisual de mi infancia, repleto de pastorcillas abnegadas y niños encoñados que cubrían distancias imposibles. La familia bien avenida que formábamos un locutor batracio, una cerdita obesa y yo se ha ido al traste. Ellos sabían todo de mí, me enseñaron a mirar arriba y abajo, a izquierda y derecha, cerca y lejos. Pero Bob Esponja me sumerge en el insondable mundo del psicoanálisis. Demasiado para mí. Menos mal que he crecido…